Chicago, una historia personal.

GRAN WYOMING

Como ex socio de un local de hostelería, no puedo sino manifestar mi asombro cuando las autoridades municipales afirman desconocer lo que ocurría en el Ayuntamiento de Madrid al destaparse la operación Guateque.

Esto de la operación Guateque viene de lejos, yo lo sufrí a principios de los noventa. Ha sido denunciado muchas veces y lo grave no sólo es que no se hiciera nada, sino que en algún caso, como el del concejal de Centro, señor Matanzo, su carrera ascendía paralela al número de denuncias. Algunos hosteleros creamos una asociación para defendernos del acoso municipal “discriminado”. Todos los locales de aquella asociación fueron cerrados, uno por uno. Incluso los que nunca habían tenido problemas. Se alegaron todo tipo de triquiñuelas. En el caso del clásico Elígeme, por ejemplo, la excusa fue la anchura de la calle, tema complicado de resolver. Los locales se volvían a abrir una vez traspasados: la anchura de la calle dejaba de ser un inconveniente.

Nosotros vivimos situaciones no de corrupción clandestina, sino propias del Chicago de los años veinte. Todo empezó cuando el gerente del Mercado Puerta de Toledo, donde teníamos el bar, nos dijo estupefacto que el concejal del distrito de Centro, señor Matanzo, me mandaba un mensaje: “Dile al Gullomin ese que le voy a cerrar el bar”. Comenzó un rosario de pleitos, cierres, aperturas, controles de alcoholemia en la puerta, redadas: un acoso municipal en regla para que cerráramos el local… ¿Por qué? El propio concejal tenía negocios de hostelería. Un amigo suyo abrió un bar en el mismo edificio y, mientras a nosotros nos prohibió las actuaciones alegando que aquel inmueble tenía licencia de mercado, él mismo
inauguró el otro local donde no sólo había actuaciones, sino que el grupo que tocaba allí era el que antes actuaba en nuestro bar, nuestro grupo: como en Chicago.

El concejal en cuestión aparecía por los bares amenazados borracho, en compañía de policías, en clara actitud provocadora. Yo no podía creer que en un Estado de Derecho este tipo de prácticas se llevaran a cabo con impunidad. Pues sí.

Mientras, nosotros continuábamos defendiéndonos de las denuncias que, con cualquier excusa, nos ponía el Ayuntamiento. Ganamos todos los pleitos. Finalmente, el acoso policial terminó por un hecho fortuito. Un día hubo un despliegue extraordinario de furgonetas de policía que entraron en la Puerta de Toledo, donde estaba ubicado el bar, con gran estrépito de sirenas y luces, como si fueran a detener a un terrorista internacional: venían a tomar nuestro local. Se dio la circunstancia de que ese día el local estaba cerrado por descanso. El ridículo fue tan grande que
el jefe de la operación gritó que estaba “hasta los cojones” de aquello y que no volvía más. En efecto, los policías no volvieron.

Las denuncias y cierres continuaron. El local fue perdiendo clientela. Al final, lo traspasamos.

Este señor concejal sólo fue cesado por el entonces alcalde de Madrid, don José María Álvarez del Manzano, porque votó contra los presupuestos que presentó su grupo municipal. Por lo demás, no tuvo el menor problema. Lo cesó, con lágrimas en los ojos, afirmando que era la decisión más dura y triste de toda su carrera política. Entonces fundó un partido con Inestrillas, también de centro.

Con respecto a las denuncias, no hay muchas, lógicamente. Algunas fueron retiradas porque los denunciantes sufrían amenazas y temían por su integridad física. A nosotros, el propio concejal nos dijo en una reunión que él estaba parando a los descargadores del mercado de la Cebada de Madrid, porque querían venir a destrozarnos el local cuando se
enteraron de que nos metíamos con él: Chicago.

En mi caso sufrí un acoso despreciable. Este señor se presentó en la Cope con un dossier falso y durante mucho tiempo en esa radio fueron desgranado datos difamatorios, como que mi padre tenía negocios ocultos con Joaquín Leguina y Juan Barranco de los que recibía cientos de millones de pesetas. De mí decían que trabajaba en Telemadrid porque, según habían descubierto, era hijo ilegítimo de Marcos Sanz, a la sazón director de la cadena, que tan sólo me sacaba cinco años. No era suficiente con tener un padre ladrón, tenía dos, el biológico y el adoptivo. Todo valía. Denuncié la difamación de la que era objeto. En el juicio, Encarna Sánchez, la que contaba el culebrón por la radio, alegó que las grabaciones aportadas las había hecho yo con imitadores. Su señoría sentenció que aquello eran críticas a las que cualquier artista está expuesto. Recurrí: hasta hoy. Si lo llego a saber, yo tampoco hubiera denunciado. Me supuso un sin fin de problemas, un importante gasto económico muy lejos de las posibilidades del ciudadano medio y ninguna satisfacción.

Para terminar, un apunte. Estuve en un cara a cara con este concejal del Partido Popular en un programa de Antena 3 que dirigía Luis Herrero. Al final del debate, el señor Matanzo sacó un artículo de Moncho Alpuente en el que éste decía que el problema del ayuntamiento se solucionaría si le hicieran un test psicológico al concejal. El señor Matanzo dijo, respondiendo al artículo: “A mí hay que mirarme la cabeza, pero no hay que mirarme el culo”. Con esas palabras terminó el debate y yo pensaba que su carrera política, puesto que estábamos en vísperas de elecciones. Subió muchos puestos en la lista, creo que se presentó como número dos, detrás del candidato a alcalde. Esa era la catadura moral e intelectual del Ayuntamiento de Madrid. ¿Qué más necesitaban saber los cargos del Ayuntamiento? Si quieren más información me tienen
a su entera disposición. Sin duda, saldrán todos los denunciantes que necesiten para estar debidamente informados si les garantizan, esta vez, que no corre peligro su integridad física. Así de triste.

Gran Wyoming es artista polifacético

De aquí.

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